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La agonía y muerte de Malak, la joven iraquí quemada viva por su marido

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Su agonía y muerte, apenas cumplidos los 20 años, se ha convertido en el símbolo de la tragedia que afrontan las iraquíes entre los muros de sus hogares, agravada por el coronavirus

Malak Haidar al Zubaidi ha fallecido este sábado en la cama de un hospital de la ciudad sureña iraquí de Nayaf. Desde hace días permanecía postrada, con su cuerpo envuelto en vendas y su rostro desfigurado por las quemaduras. Su marido le prendió fuego. Su agonía y muerte, apenas cumplidos los 20 años, se ha convertido en el símbolo de la tragedia que afrontan las iraquíes entre los muros de sus hogares, agravada por las medidas de confinamiento adoptadas contra el coronavirus.

«Es uno de los actos más inhumanos que he visto», desliza en conversación con EL MUNDO Tara Shwani, una feminista iraquí desde la región del Kurdistán. «Malak ha muerto esta mañana por las heridas que padecía», confirma Tara. Los detalles de su historia han circulado en los últimos días por las redes sociales iraquíes, con estremecedores vídeos difundidos desde la clínica en la que se hallaba ingresada. En los fogonazos en movimiento, Malak gritaba superada por el dolor.

«Esta tragedia comenzó desde el momento en el que sus padres la casaron siendo muy joven con un hombre que ya tenía una esposa», indica la activista. Según la información que ha trascendido, Malak llevaba meses sufriendo la violencia de su cónyuge. Desde hace ocho meses no había podido reunirse ni comunicarse con su familia. Las restricciones establecidas por las autoridades iraquíes -con un toque de queda en vigor desde el pasado 17 de marzo- recrudecieron las vejaciones.

Desde que se difundieran los fotogramas de la joven encamada y vendada y la indignación comenzara a crecer, su marido e incluso sus parientes han tratado de señalarla como la culpable de su sino. «Fue ella misma la que se arrojó la gasolina y la que me ha acusado de ello a mí y a mi familia», argumenta Mohamed al Mayahli, su cónyuge, en un mensaje publicado en su página de Facebook. «Hay algunas cuentas en las redes sociales que publican estas falsedades para calumniar a mi familia», agrega.

En su intento de exculparse, Mohamed se jacta, además, de la protección e impunidad que goza su círculo familiar. «Somos los hijos de un comandante del ejército. Nadie puede tocarnos», declara el marido tras insistir en que la joven sufría una enfermedad mental. La madre y suegra de Malak han ofrecido también testimonios culpando a la víctima en entrevistas a distintos medios de comunicación locales. A juicio de Tara, su muerte es una muestra de una realidad que permanece silenciada intramuros de las casas iraquíes.

«Estoy segura de que hay muchos más casos como este que se hallan ocultos bajo una supuesta autoinmolación», denuncia. Como sucede en la mayoría de los países árabes, la violencia doméstica es un tabú huérfano de cifras oficiales. En sus estadísticas, ONU Mujeres reconoce que no existen datos nacionales sobre la violencia contra la población femenina.

Los escasos documentos disponibles datan de hace una década en un país que ha sufrido desde la invasión estadounidense en 2003 una guerra sectaria, el avance y caída del autodenominado Estado Islámico y las recientes protestas exigiendo el fin de la corrupción y un ‘establishment’ político que no ha mejorado la educación ni combatido la desigualdad.

Las iraquíes han sido una de las principales víctimas del caos y la violencia que ha reinado en el país. Han sufrido el matrimonio infantil -muy extendido en amplias zonas-; la explotación sexual; los llamados «crímenes de honor»; y la marginación en la vida política y pública. «Los principales enemigos de las iraquíes no son personas físicas con nombres y apellidos sino la cultura de tribus, el extremismo religioso y todas aquellas mentalidades que abogan por tratar a las mujeres como objetos que pueden ser golpeados e insultados y cuya propiedad se puede obtener a través del patriarca de la familia», indica a este diario Yanar Mohamed, directora de la Organización para la Libertad de las Mujeres en Irak.

Yanar gestiona desde hace años una red de albergues que, desperdigados discretamente por la geografía del país para evitar los ataques de milicias, proporcionan amparo a cientos de traumatizadas iraquíes. «Irak está en manos de partidos políticos que son los más extremistas y reaccionarios y los que hallan más lejos de los derechos humanos. Cuando son ellos los que tienen el poder absoluto, el abuso hacia las mujeres es una consecuencia natural», murmura.

Los punzantes alaridos de Malak en las imágenes que se han divulgado han provocado una ola de solidaridad y la demanda de una ley que proteja a las mujeres y endurezca las penas contra los hombres que asesinan a sus esposas e hijas. El domingo pasado Luay al Yasiri, gobernador de Nayaf -la ciudad santa chií en la que residía Malak- abrió una investigación para esclarecer lo sucedido.

Desde hace semanas, organizaciones feministas árabes han alertado de los riesgos del confinamiento decretado por las autoridades de los respectivos países para luchar contra la propagación de la Covid-19. Denuncias de violencia doméstica han aflorado ya en Jordania o Arabia Saudí. «La pandemia amenaza con incrementar las posibilidades de que las mujeres sufran discriminación y opresión», advertía hace días la organización feminista egipcia Nazra.

Para muchos iraquíes, Malak es el rostro de un naufragio acallado, sepultado por el mutismo cómplice de todos. «Cientos de mujeres que han sufrido abusos han muerto o se han suicidado y la justicia simplemente se ha dedicado a contemplarlo», se queja el abogado local Mohamed Juma. «Si no hubiera sido por las redes sociales, el gobernador no habría dicho nada sobre este caso», concluye.

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